En consideración.
La fotografía es un nexo que
permite acercarse a la apariencia del pasado, sin embargo, su uso es empleado
con objetivos y tónicas diversas que satisfacen a quienes se sirven de ella; es
un almacén de la experiencia y a su vez es objeto de almacenamiento. El álbum,
catalogo y libro (por mencionar algunos), son por tradición los soportes sobre
los que se han vertido a lo largo del devenir fotográfico una diversidad de miradas,
observaciones e interpretaciones de un mundo que se percibe y amarra en
imágenes que tiene por voluntad: sobrevivir a todo.
Sin embargo,
en todos sus usos se hacen presentes cualidades que significa el ser humano,
tales como: emociones y sentimientos que son experienciados; experiencias que
se convierten en trozos de tiempo congelado y recordado, tal vez por ello, la
fotografía es en sí misma un medio que registra, documenta y valida aquellos
momentos vivenciales dentro de los espacios que ocupa el ser humano. Es una
forma de clasificar y atestiguar la naturaleza que se desvanece de manera
impredecible en el tiempo. Es un medio de experimentar y participación, no
obstante, es un medio de conciencia y de control poblacional, ya que va cargada
de un fuerte cumulo de criterios morales, entre lo deseable y no deseable de lo
público a ser fotografiado.
Paradójicamente
la fotografía te acerca de manera mágica a hechos, sitios y personas, con la
premisa de ser vistas una y otra vez, sin embargo, le acompaña el alejamiento, debido
a que “fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí
mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en
objetos que pueden ser poseído simbólicamente” (Sontang 2006/1973: 31), les
convierte en referencia, los evidencia en una mirada seleccionada, fragmentada,
congelada y retirada de un todo, por
ello es justo considerar al emprender la toma, las implicaciones que le
acompañan a ese algo o alguien que a través del lente será amarrado: sobre la fotografía.
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